El siguiente trabajo es una breve narración sobre mi confrontación personal con la docencia. Se presenta enriquecido con las experiencias y reflexiones que el módulo 1 nos ha dejado.
Recuerdo muy bien que mi primer encuentro con la docencia fue precisamente en la Universidad –pues, tengo que decirlo, soy de extracción universitaria. Cursaba el último semestre de la carrera de Periodismo cuando tenía que presentar una clase modelo en una materia optativa: Taller de docencia. No recuerdo de qué fue la clase, lo que sí recuerdo muy bien fueron las palabras de felicitación del profesor. Nunca me habría imaginado que mi destino estaría precisamente en la docencia.
Al terminar la carrera, la realidad me daba una fuerte bofetada. Era 1995 y la crisis estaba en su cenit. Estaba recién casado y mi esposa a punto de dar a luz. Y yo sin empleo. Estaba en verdaderos problemas.
Pero se presentó la oportunidad: un familiar me informó que una escuela de recién creación solicitaba maestros. Ante tal situación no podía decir no. Así que fui contratado para impartir 10 horas en un Centro de Bachillerato Tecnológico (CBT) en un poblado cercano al municipio de Texcoco. Ya se imaginarán las condiciones de una escuela recién creada: instalaciones prestadas, salones improvisados, escasez de bancas y pizarrones, etc. Este era mi inicio por la docencia.
Cuanta razón tiene José M. Esteve cuando asegura que la mayoría de los profesores aprendemos por “ensayo y error”. La verdad es que no tenía una idea clara de lo que era planear un curso, evaluar conocimientos o conducir una clase.
En aquel entonces estaba convencido que mi aventura como profesor sería pasajero, pues los sueños estaban encaminados en el Periodismo. Sin embargo, mi situación me obligaba a no dejar el trabajo y poner mi profesión en lista de espera. Luego se conjuntaron varios factores: recibí buenos comentarios de mis clases, me aumentaron el número de horas, tenía un empleo seguro y, lo mejor, empezaba a gustarme el oficio.
Y sí, muchas ocasiones me cuestionaba a mí mismo si para esto había estudiado una carrera universitaria. A mi alrededor se escuchaban voces –a veces fuertes, a veces queditas- de familiares y amigos preguntando lo mismo. No faltó el alumno malicioso con la pregunta incómoda. En pocas palabras, estaba en una lucha interna en pos de encontrar una identidad profesional.
Por azares del destino, me cambié de escuela y fue como llegué al CBT de Tecámac, donde desde hace 12 años imparto clases y lugar donde logré tener una mayor proyección como profesor. Fue aquí donde me dí cuenta que tenía verdadera vocación por la docencia. Pienso que para ser profesor uno tiene que estar enamorado y comprometido con el oficio, pues hacerlo a disgusto, transmite su infelicidad a los alumnos.
El camino no fue fácil. Seguramente muchos alumnos fueron víctimas de mis errores de novato, pero hoy en día puedo presumir que he tenido la fortuna de escuchar buenos comentarios de mi trabajo. Es hermoso encontrar en la calle a exalumnos que le recuerdan a uno que está en el lugar indicado, en uno de los empleos más nobles que pueden existir, guiando a individuos que buscan la libertad a través del conocimiento.
En estos 15 años en el servicio –todos en el nivel medio superior- he tenido grandes momentos de satisfacción, principalmente estando frente a grupo. El contacto con jóvenes me ha mantenido joven a mí también. Creo que una buena parte de la identificación que tengo en el nivel es que entiendo los problemas, las inquietudes y los gustos de mis estudiantes. Pienso que tengo una gran empatía con ellos. Por supuesto que también he tenido momentos de insatisfacción. Aún los números de reprobación y deserción escolar me pegan. Cuando eso sucede, inevitablemente me autocuestiono y trato de encontrar las posibles soluciones.
Hoy en día, sigo buscando nuevos proyectos dentro de la enseñanza. Con la especialidad del PROFORDEMS he adquirido más conocimientos académicos y seguramente desarrollaré aún más mis habilidades docentes. Pero lo mejor es que tengo un panorama más amplio de lo que es la educación media superior en México. Mantener comunicación con otros compañeros maestros de lugares que no conozco (y a lo mejor nunca conoceré) me ha dejado como experiencia intercambiar ideas, conocer proyectos educativos diferentes, saber las problemáticas educativas que se viven fuera de mi entorno, y sobre todo, confirmar que hay un compromiso profesional y ético de hombres y mujeres que aman la docencia.
Hoy en día, comienzo a entender mejor a mis alumnos. Sé de lo que son capaces. Mi labor consiste en abrir los espacios de expresión para que demuestren sus habilidades, sus destrezas, sus actitudes, en una palabra: sus competencias.
Creo que los años más duros han quedado atrás. Hoy, con humildad y compromiso, valores esenciales en esta profesión, seguiré en mi aventura de ser maestro.
Compañero Luis, excelente tu narrativa de tu confrontación con la docencia, creo que cuando estudiamos no pensamos en ser docentes, pero en este camino estamos, me da gusto leer y comentar tu participación. Como escribes en este blog, la especialidad que cursamos nos ha dejado conocimiento e intercambio de ideas, conocer proyectos, problemáticas educativas de los compañeros, en fin, es enriquecedor. Sigue adelante.
ResponderEliminarGracias